martes, 9 de agosto de 2011

La Vejez en "Un Mundo Feliz"

Claramente, la vejez en "Un Mundo Feliz" (A Brave New World) de Aldous Huxley, es una de tantas características abolidas para lograr el estado útopico de felicidad y domesticación humana expresado en tan visionaria y temible novela.


La novela fue publicada en 1932 y  habla sobre una sociedad en el futuro en la que todo ha cambiado y ha sido extremamente industrializado y controlado. Uno de los aspectos más llamativos de la novela es el vaticino del fin del envejecimiento. Explica el libro que:
Todos los estigmas fisiológicos de la vejez habían sido abolidos. Y con ellos naturalmente… todas las peculiaridades del anciano. Los caracteres – juveniles – permanecen constantes a través de la vida… trabajos, juegos… a los sesenta años nuestras fuerzas son exactamente las mismas que a los 17. En la antigüedad los viejos solían renunciar, retirarse, entregarse a la religión, pasarse el tiempo leyendo, pensando… ¡pensando!”.

Sigue prediciendo: “En la actualidad el progreso es tal que los ancianos trabajan, cooperan, no tienen tiempo que no puedan llenar con el placer, ni un solo momento para sentarse y pensar; y si por desgracia se abriera alguna rendija de tiempo en la sólida sustancia de las distracciones, siempre queda el soma, el delicioso soma, medio gramo para una tarde de asueto, un gramo para un fin de semana, dos gramos para un viaje al bello Oriente, tres para una oscura eternidad en la Luna…”.

El personaje "interventor mundial Mustafá Mond" es un administrador importante en la trama, quien cita el libro “Las Verdades de la Experiencia Religiosa”, de William James. Dice: “…un hombre envejece y siente esa sensación radical de debilidad, de fatiga de malestar, que acompaña la edad avanzada; e imagina que está enfermo, engaña sus temores con la idea de que su desagradable estado obedece a alguna causa particular, de que espera recobrarse como si se tratara de una enfermedad. ¡Vaya imaginación! Esta enfermedad es la vejez y es una enfermedad terrible. Dicen que el temor a la muerte y a lo que sigue a la muerte es lo que induce a los hombres a entregarse a la religión cuando envejecen. Pero mi propia experiencia me ha convencido de que, dejando de lado tales terrores e imaginaciones, el sentimiento religioso tiene a desarrollarse a medida que la imaginación y los sentidos son menos exitables, entonces nuestra razón halla menos obstáculos en su camino, se ve menos ofuscada por las lágrimas, los deseos y las distracciones en las que solía entretenerse. Ése es el momento en el que Dios emerge como desde detrás de una nube, y nuestra alma siente, ve, se vuelve natural e inevitablemente hacia el manantial de toda luz, porque ahora que todo lo que daba al mundo de las sensaciones su vida y su encanto ha empezado a alejarse de nosotros, ahora que la existencia fenoménica ha dejado de apoyarse en impresiones exteriores o interiores, sentimos la necesidad de apoyarnos en algo permanente, en algo que nunca puede fallarnos, en una realidad, en una verdad absoluta e imperecedera. Sí, inevitablemente nos volvemos hacia Dios. Este sentimiento religioso es por naturaleza tan puro, tan delicioso para el alma que lo experimenta, que nos compensa de todas las demás pérdidas”



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